martes, 25 de febrero de 2014

La carga emocional en deportistas de élite

"Hay deportistas que son capaces de controlar su carga emocional"
Se suele hablar mucho de la importancia de la experiencia en fases finales, Juegos Olímpicos, Mundiales y demás. También, por otra parte, se comenta bastante que un factor muy a tener en cuenta es la ilusión por llegar al éxito. Pero en ambas hay un componente psicológico muy importante.
¿Seguirá Michael Essien preguntándose por qué falló en el despeje ante el Barcelona, que dio a la postre con el gol de Iniesta y el comienzo de un hito histórico? ¿Qué le llevó a lanzar la pierna al aire en vez de golpear al balón? Probablemente, en los últimos minutos de un partido que decide llevarte a la final, pensar no es la primera opción. Y ahí vino el error. Por no poder controlar la carga emocional.
Hay deportistas que son capaces de controlar su carga emocional, por su personalidad, por su facilidad para imbuirse en unos mismos, por tener un arraigo profundo del juego, por haber perdido muchas veces y saber dónde están.
Cuenta Eduard Punset en uno de sus libros que cuando Tejero irrumpe en el Congreso de los Diputados arma en mano y disparando al techo (Punset estaba en el Congreso ese día), solo tres personas no se escondieron tras sus butacas: Gutiérrez Mellado, Suárez y Carrillo. Continúa Punset diciendo que sus experiencias previas les habían hecho ser capaces de resistir sin asustarse. Y es que la experiencia vale, y mucho.
Muhammad Alí sabía mucho de eso cuando George Foreman castigaba una y otra vez su cuerpo en Kinshasa. Él sabía que se enfrentaba a una hora de golpes sin posibilidad de escape, pero no le tembló el pulso. Se había visto cara a cara con el desprecio de su país que lo encarceló, con Frazier, que pegaba tan duro y honesto como el que más, con Sonny Liston al que destrozó sin miramientos.
Mucho sabe de esto también Mark Spitz, que se ausentaba de la compañía de sus amigos antes de una final para concentrarse en focalizar sus energías y solo diez minutos después volvía convencido de lo que tenía que hacer.
Y cómo no, Michael Jordan dominaba este territorio. Nunca nadie estuvo tan seguro de hacer lo que tenía que hacer. Por eso, cuando robó el balón a Karl Malone, miró el tiempo y vio que tenía veinte segundos para ganar su sexto anillo, toda Utah sabía lo que iba a pasar, porque ya lo habían visto otras veces.
O Haille Gebreselassie en la final de los 10.000 en Sidney venciendo a Paul Tergat al sprint. Igual que Roger Federer conteniendo la respiración ante Robin Soderling para ganar su primer Roland Garros. O Rafael Nadal, tras su aprendizaje frente a Federer en Wimbledon para asestar golpes psicológicos a sus rivales nada más pisar la cancha.
Pero todos los aficionados al Fútbol recordamos dos momentos claves: El penalty que falló Djukic y la final de Champions League Bayern de Múnich-Manchester United. La cara de Djukic, tomando aire antes de su lanzamiento forma parte de la historia del deporte español. Y qué decir del miedo que atenazó a los alemanes por primera vez en su historia cuando perdieron una Champions en dos minutos, paralizados del terror. El mismo terror que sufrió el Valencia años después en la tanda de penaltis ante Oliver Kahn. Algo parecido a lo que sentía España hasta que Cesc anotó el gol frente a Italia en la Euro 2008. Lo que sentía Robben frente a Casillas en Sudáfrica, que se desquitó traspasando ese miedo a Subotic y Hummels, incapaces de defender un pase de cuarenta metros.
Dicen que apostar por los jóvenes es importante a la hora de afrontar retos. No miren edad, miren por qué situaciones han pasado los deportistas. Eso dará la verdadera medida de su abnegación por lograr las más altas cotas.

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